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martes, 24 de mayo de 2022

Las recetas de mamá

Guiso de fideos/arroz/lentejas

Ingredientes: (para 2 porciones abundantes)

1 cebolla chica

1diente de ajo

1/2 pimiento rojo mediano

1 zanahoria

2 papas medianas

300 g de carne picada o de carne para estofado

1 chorizo colorado

2 tazas de agua o caldo 

1/2 paquete de fideos guiseros (mostacholes, coditos o tirabuzón); o 1taza de arroz ya cocida; o 1 taza de lentejas ya cocidas

1/2 cajita de puré de tomate

Sal, condipizza a gusto.


Preparación:

• Hervir los fideos/arroz/lentejas con sal, colar y reservar

• Cortar en cuadraditos la cebolla, el pimiento,  la zanahoria y la papa. Si la carne es para estofado, cortarla en cuadraditos, también. 

• Colocar un chorro de aceite en la olla Essen.

• Cuando esté caliente,

 poner a dorar (sellar) la carne y los chorizos.

• Agregar luego la cebolla, la zanahoria y el pimiento.

• Cuando la cebolla esté transparente agregar el ajo picado y una de las tazas de agua, revolver bien.

• Cuando la zanahoria esté un poco menos dura, agregar la papa. Agregar más agua. Seguir revolviendo.

• Cuando la papa, esté un poco blanda, colocar el tomate. Condimentar con sal y demás. Revolver.

• Cuando esté todo al dente (significa blando,  pero no super blando), y la carne cocida y blanda, agregar los fideos/arroz/lentejas
. Esperar q se calienten y listo. A comer!

martes, 29 de junio de 2021

MI ALEPH por Araceli Casagrande

Estoy atravesada por el infinito de la lectura.

Por todos los tipos de intertextualidad.

En mi microcosmos, los textos dialogan de todas formas.

Soy mi propio Aleph.

En cada ángulo, en cada arista de mi ser se ha quedado atrapada alguna trama, una bella descripción, una imagen, miles de imágenes, una frase, la frescura de algún diálogo, este personaje, aquella canción, una escena, ese poema sagrado, el complejo de Edipo.

Mi punto mítico alberga tanto la depresión de Harry Haller, el lobo de la estepa; como el optimismo de Robinson Crusoe; la fuerza bruta de la Carancha lidiando con las adversidades del Delta; y la inocencia y la ternura del mundo maravilloso de Alicia.

Estando allí, en mi Aleph, he podido sorprender a Pirandello escondido detrás de un anaquel, para no ser encontrado por unos personajes que lo andan buscando desesperadamente; y me he dejado atrapar por los queridos monstruos de Elsa Bornemann.

Me maravillé con el erudito Borges y aplaudí el coraje de Arlt, quien jamás claudicó ante la dura crítica de muchos. Alguno de ellos también me habitan.

Los padecimientos de Martín Fierro han pasado y se actualizan en mis membranas argentinas. La decepción de Alfonsina fue la mía. Aún conservo el “Tú me quieres blanca” que mi madre recitaba; y que yo aprendí a repetir de memoria cuando todavía no sabía leer; así como también el “puedo escribir los versos más tristes esta noche” que han inspirado mis poemas adolescentes.

Mi Aleph es un divino arcón, el búnker protector de fantasías, de sueños, de emociones.

Leer me ha abierto la cabeza como a Mafalda y me ha dado el idealismo de Susanita. Me ha enfrentado a revelaciones extraordinarias como cuando Hamlet supo que el asesino de su padre era su tío, o cuando el Dr Jekyll mostró que también era Hyde.

Cuando dispongo mi espíritu y me sumerjo en los destellos de luz que emergen de mi Aleph, escucho voces entremezcladas.

Sin embargo puedo distinguir las que se me hacen familiares:

la del principito pidiéndole a alguien que le dibuje un cordero; la de Gregorio Samsa que se pregunta a sí mismo, esa mañana, qué le ha pasado a su cuerpo; las del mago de Oz y Dorothy que conversan afablemente; y también la de mi tía Cata que intenta por tercera vez que mi "yo niña" entienda El Quijote.

Suelo escuchar el grito feroz de aquel moteca la noche que los aztecas lo llevan boca arriba para el templo de los sacrificios durante Las Guerras Floridas.

 

En mis pesadillas recurrentes aparecen la criatura de Frankenstein; el conde Drácula y todas las proyecciones cinematográficas que surgieron a partir de estas novelas, y que alguna vez vi muerta de miedo.

Hay días en los que quiero volver al origen, retornar al vientre de mi madre como lo hace Marcial en su viaje a la semilla o nacer ya grande como Benjamín Button.

Todo puede estar en ese punto infinito: la magia, el desorden, la inspiración, el genio de la creatividad, los fracasos, los deseos, la inocencia, la soledad, el amor.

Puede estar lo que recuerdo y lo que he olvidado; el pasado, el presente y el futuro; el cielo y el infierno; la verdad y la mentira. Mis luces y mis sombras.



domingo, 11 de octubre de 2020

Paleta de otoño

 Rojos, 

naranjas,

amarillos,

tibieza dorada del sol,

última pasión de los verdes, 

hegemonía del ocre,

matices de desvelos otoñales.

11/10/2020




viernes, 9 de octubre de 2020

Vida

Creo palabras

en súbitos momentos de lujuria

para parirlas luego,

mientras tanto las protejo,

les doy forma,

las cuestiono,

les canto, las ordeno...

Van creciendo,

crecen y crecen...

Cada palabra, una célula

del tejido de mi poem
a;

cada palabra engendra otras; se divide luego.

Y más células, más...

y más palabras, más...

y el silencio de crecer

y el de aún no haber nacido.

Alimento mis palabras,

les doy vida,

las siento vigorozas; a veces, hasta crueles,

débiles, efímeras, distantes, perdidas...

Sin embargo, se me hacen familiares;

las voy queriendo de a poquito

hasta amarlas para siempre

porque son mías, con mi sangre y fantasía,

soy yo en ellas,

yo que renazco en la euforia enloquecida

o en el tibio silencio que dan vida.


Araceli (1995)



sábado, 7 de julio de 2018

Aún no

La vida me despeina la cara
de vibrante silencio acompasado.
La realidad me sacude
los huesos, la sombra y el alma.
Pero... sé que estás ahí.
Ante mi desnudez herida
se puebla mi jardín de esperanza.
Nueva brisa,
gritos acallados que por fin salen.
Sé estás ahí...
Sabores insólitos, de paladares vírgenes.
Renuevo tu inquietante palabra
y la huelo como a un limón
recién cortado.
Sé que estás ahí...
La frágil tibieza de tus manos
me da la certeza
de que aún no te he perdido.

Chely, 07/07/2018

lunes, 24 de octubre de 2016

SOLTAR

Tu río,
mi mar,
nuestro amor alborotado
entre peces y caracolas
que lastiman.

Gigantes margaritas
descubren un páramo rellenito y placentero
lleno de ternura suavecita.

Entonces...
veo el puente, claro, clarísimo;
lo cruzo silenciosa para abrazarte
para retenerte, aunque sea,
un poquito.

Y después... y después, hijo querido,
dejarte ir nuevamente.

Araceli Casagrande, 21/10/16

martes, 16 de agosto de 2016

El sabor del amor

La abuela Felicidad es la mamá de mi mamá, vino de España a los 15 años. Su hermana Josefa  - que ya había venido antes -, le había prometido que, cuando consiguiera un trabajo y lograra instalarse, buscaría algo para ella y la mandaría a llamar para que viniese a la Argentina.
Josefa consiguió empleo de mucama cama adentro en una casa de ricos, en un barrio porteño muy pituco.
A los cuatro meses de trabajar allí, se enteró de que necesitaban una ayudante de cocina, alguien que se ocupara de lavar la vajilla y de hacer las compras. Ese fue el puesto que ocupó mi abuela Felicidad.
Su curiosidad innata la llevó a superarse y así pasó de lavaplatos a auxiliar de cocina. Allí conoció los sabores, las texturas y los olores de la cocina internacional. Sabía de platos franceses e italianos, aumentó los conocimientos de la cocina española y, aunque nunca pudo ser la jefa de cocina en aquella casa, sí lo fue en la propia.
Mi abuela cocinaba como los dioses, era insuperable. Con poco hacía mucho. De los ingredientes más austeros y sencillos lograba una comida exquisita. Para ella la cocina era un arte y con su creatividad hacía que todos los comensales gozaran de una mesa bien servida. Además había aprendido allí, en la mansión de los ricos, qué mantel era el apropiado: siempre debía estar impecable y perfectamente planchado, lo mejor era que fuera de lino blanco o marfil. Si era para un almuerzo podía ser de color, pero claro. La servilleta, para las ocasiones especiales, tenía que tener un tamaño de 60 x 60 centímetros por considerarse más elegante y se debía colocar doblada en forma de rectángulo o triángulo a la izquierda o encima del plato. Jamás imitando formas de pájaros o flores, ni tampoco colocadas dentro de la copa. ¡Había que respetar el protocolo!
Obviamente, también había aprendido qué vino era el adecuado para cada celebración: jerez para el consomé; vino blanco, para el pescado; tinto, para las carnes y champán o cava, para los postres.
Todos estos conocimientos de buena mesa mi abuela Felicidad los fue impartiendo en su única hija mujer, Araceli, mi mamá. Lo hacía con tanta pasión que también mamá respetaba todos estos rituales en las fechas especiales: Navidad, Pascuas, cumpleaños o cuando teníamos una visita “importante”.
Ya desde niñas, a mi hermana, Marita, y a mí nos enseñaban a disponer adecuadamente las copas sobre la mesa, las que debían responder al orden en que se iban a consumir los vinos: de izquierda a derecha, la más pequeña para el vino blanco o el dulce; luego la mediana, para el tinto; la más grande, para el agua, soda o gaseosa. La de champán, la alargadita flaca, se colocaba después de la de agua y un poco desplazada hacia el centro de la mesa.
En cuanto al menú, recuerdo que también mamá lo consensuaba con la abuela. En esas fechas habitualmente había una entrada ligera como para ir tranquilizando el estómago; un primer plato, por lo general en base a pescado o pollo; y un segundo plato, el principal, más fuerte con carne de vaca y abundantes guarniciones. Del postre se encargaba mamá. Ella era la especialista pues había cursado su secundario en una escuela de oficios donde le enseñaban, casi a nivel científico, todas las tareas domésticas; incluidas en ellas, la atención de los hijos (Puericultura).
Pero, volviendo a mi abuela, quiero detenerme en uno de esos primeros platos que servía con tanto amor, porque allí, en ese condimento tan especial, el amor, radicaba el secreto de todos sus sabores. ¿Cuál era el plato? “Coquillas o conchillas o conchas de mar”. Así se llamaba al plato porque la preparación era contenida en el caparazón de una ostra de mar. Tanto mi abuela como mi mamá preparaban el contenido de la siguiente manera: hervían pescado o, en su defecto, pollo con ricas verduras (ajo puerro, cebolla, zanahoria, zapallo, pimiento, etc.) para que le dieran buen sabor. Luego desmenuzaban la carne o la picaban muy finamente. Aparte, en una sartén, saltaban – preferentemente en aceite de oliva – cebolla de verdeo y morrones bien picaditos. Una vez tiernizado todo, agregaban a esto el pollo o el pescado. Salpimentaban y unían con salsa blanca bastante líquida o crema de leche con almidón de maíz. Esta pasta era colocada en estos caparazones, espolvoreada con queso rallado o perejil picado y, finalmente se gratinaban a horno bien caliente antes de servir. Realmente, una delicia.
Cuando falleció mamá nos dejó entre su maravilloso legado de amor - reflejado en gestos, actitudes, palabras, sabiduría de vida, fe infinita en Dios – aquellas recetas de cocina que también heredó de su madre, la abuela Felicidad.
A pocos días de su partida, mientras ordenábamos la casa de mamá, encontramos una caja que contenía cuarenta y dos de estas adoradas coquillas: grandes, medianas y chicas. En ese instante aparecieron también nuestros momentos de infancia: recibíamos las coquillas del tamaño proporcional a la edad que teníamos. ¡Cuántos recuerdos maravillosos revivimos! Inmediatamente, nos las repartimos: veintiuna para cada una. Nos juramos que no habríamos de perder la receta.
La primera Pascua sin mamá nos reunimos a comer la familia de mi hermana y la mía propia. Fuimos doce comensales en total. Para que también mamá y la abuela participaran de esta mesa unimos nuevamente las cuarenta y dos coquillas y las preparamos de pollo, tal como la aprendimos. Para acompañarlas elaboramos además una receta heredada de los bisabuelos españoles: empanada gallega.
Lo cierto es que todos: grandes, medianos y chicos; hijos, primos, maridos, cuñados disfrutamos de una mesa especial, llena de Felicidad, como la abuela, que vino a estas tierras para forjarse un futuro mejor que el que le proponía su Patria.
La alegría de nuestros hijos, la emoción de nuestros corazones memoriosos, el clima de familia, el calor de hogar y los paladares satisfechos de aquel día confirmaron que había valido la pena ese destierro.

Araceli Casagrande, 2012