Abuelita
Sentado junto a ella hay
un hombre, joven, vigoroso, apuesto. Huele la rosa y ella sonríe - ¡pero ya no
es la sonrisa de abuelita! - sí, y vuelve a sonreír. Ahora se ha marchado él, y
por la mente de ella desfilan muchos pensamientos y muchas figuras; el hombre
gallardo ya no está, la rosa yace en el libro de cánticos, y... abuelita vuelve
a ser la anciana que contempla la rosa marchita guardada en el libro.
Ahora abuelita se ha
muerto. Sentada en su silla de brazos, estaba contando una larga y maravillosa
historia.
-Se ha terminado -dijo- y
yo estoy muy cansada; dejadme echar un sueñito.
Se recostó respirando
suavemente, y quedó dormida; pero el silencio se volvía más y más profundo, y
en su rostro se reflejaban la felicidad y la paz; se habría dicho que lo bañaba
el sol... y entonces dijeron que estaba muerta.
La pusieron en el negro
ataúd, envuelta en lienzos blancos. ¡Estaba tan hermosa, a pesar de tener
cerrados los ojos! Pero todas las arrugas habían desaparecido, y en su boca se
dibujaba una sonrisa. El cabello era blanco como plata y venerable, y no daba
miedo mirar a la muerta. Era siempre la abuelita, tan buena y tan querida.
Colocaron el libro de cánticos bajo su cabeza, pues ella lo había pedido así,
con la rosa entre las páginas. Y así enterraron a abuelita.
En la sepultura, junto a
la pared del cementerio, plantaron un rosal que floreció espléndidamente, y los
ruiseñores acudían a cantar allí, y desde la iglesia el órgano desgranaba las
bellas canciones que estaban escritas en el libro colocado bajo la cabeza de la
difunta. La luna enviaba sus rayos a la tumba, pero la muerta no estaba allí;
los niños podían ir por la noche sin temor a coger una rosa de la tapia del
cementerio. Los muertos saben mucho más de cuanto sabemos todos los vivos;
saben el miedo, el miedo horrible que nos causarían si volviesen. Pero son
mejores que todos nosotros, y por eso no vuelven. Hay tierra sobre el féretro,
y tierra dentro de él. El libro de cánticos, con todas sus hojas, es polvo, y
la rosa, con todos sus recuerdos, se ha convertido en polvo también. Pero
encima siguen floreciendo nuevas rosas y cantando los ruiseñores, y enviando el
órgano sus melodías. Y uno piensa muy a menudo en la abuelita, y la ve con sus
ojos dulces, eternamente jóvenes. Los ojos no mueren nunca. Los nuestros verán
a abuelita, joven y hermosa como antaño, cuando besó por vez primera la rosa,
roja y lozana, que yace ahora en la tumba convertida en polvo.
Hans Christian Andersen