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viernes, 9 de octubre de 2020

Vida

Creo palabras

en súbitos momentos de lujuria

para parirlas luego,

mientras tanto las protejo,

les doy forma,

las cuestiono,

les canto, las ordeno...

Van creciendo,

crecen y crecen...

Cada palabra, una célula

del tejido de mi poem
a;

cada palabra engendra otras; se divide luego.

Y más células, más...

y más palabras, más...

y el silencio de crecer

y el de aún no haber nacido.

Alimento mis palabras,

les doy vida,

las siento vigorozas; a veces, hasta crueles,

débiles, efímeras, distantes, perdidas...

Sin embargo, se me hacen familiares;

las voy queriendo de a poquito

hasta amarlas para siempre

porque son mías, con mi sangre y fantasía,

soy yo en ellas,

yo que renazco en la euforia enloquecida

o en el tibio silencio que dan vida.


Araceli (1995)



sábado, 7 de julio de 2018

Aún no

La vida me despeina la cara
de vibrante silencio acompasado.
La realidad me sacude
los huesos, la sombra y el alma.
Pero... sé que estás ahí.
Ante mi desnudez herida
se puebla mi jardín de esperanza.
Nueva brisa,
gritos acallados que por fin salen.
Sé estás ahí...
Sabores insólitos, de paladares vírgenes.
Renuevo tu inquietante palabra
y la huelo como a un limón
recién cortado.
Sé que estás ahí...
La frágil tibieza de tus manos
me da la certeza
de que aún no te he perdido.

Chely, 07/07/2018

lunes, 24 de octubre de 2016

SOLTAR

Tu río,
mi mar,
nuestro amor alborotado
entre peces y caracolas
que lastiman.

Gigantes margaritas
descubren un páramo rellenito y placentero
lleno de ternura suavecita.

Entonces...
veo el puente, claro, clarísimo;
lo cruzo silenciosa para abrazarte
para retenerte, aunque sea,
un poquito.

Y después... y después, hijo querido,
dejarte ir nuevamente.

Araceli Casagrande, 21/10/16

martes, 16 de agosto de 2016

El sabor del amor

La abuela Felicidad es la mamá de mi mamá, vino de España a los 15 años. Su hermana Josefa  - que ya había venido antes -, le había prometido que, cuando consiguiera un trabajo y lograra instalarse, buscaría algo para ella y la mandaría a llamar para que viniese a la Argentina.
Josefa consiguió empleo de mucama cama adentro en una casa de ricos, en un barrio porteño muy pituco.
A los cuatro meses de trabajar allí, se enteró de que necesitaban una ayudante de cocina, alguien que se ocupara de lavar la vajilla y de hacer las compras. Ese fue el puesto que ocupó mi abuela Felicidad.
Su curiosidad innata la llevó a superarse y así pasó de lavaplatos a auxiliar de cocina. Allí conoció los sabores, las texturas y los olores de la cocina internacional. Sabía de platos franceses e italianos, aumentó los conocimientos de la cocina española y, aunque nunca pudo ser la jefa de cocina en aquella casa, sí lo fue en la propia.
Mi abuela cocinaba como los dioses, era insuperable. Con poco hacía mucho. De los ingredientes más austeros y sencillos lograba una comida exquisita. Para ella la cocina era un arte y con su creatividad hacía que todos los comensales gozaran de una mesa bien servida. Además había aprendido allí, en la mansión de los ricos, qué mantel era el apropiado: siempre debía estar impecable y perfectamente planchado, lo mejor era que fuera de lino blanco o marfil. Si era para un almuerzo podía ser de color, pero claro. La servilleta, para las ocasiones especiales, tenía que tener un tamaño de 60 x 60 centímetros por considerarse más elegante y se debía colocar doblada en forma de rectángulo o triángulo a la izquierda o encima del plato. Jamás imitando formas de pájaros o flores, ni tampoco colocadas dentro de la copa. ¡Había que respetar el protocolo!
Obviamente, también había aprendido qué vino era el adecuado para cada celebración: jerez para el consomé; vino blanco, para el pescado; tinto, para las carnes y champán o cava, para los postres.
Todos estos conocimientos de buena mesa mi abuela Felicidad los fue impartiendo en su única hija mujer, Araceli, mi mamá. Lo hacía con tanta pasión que también mamá respetaba todos estos rituales en las fechas especiales: Navidad, Pascuas, cumpleaños o cuando teníamos una visita “importante”.
Ya desde niñas, a mi hermana, Marita, y a mí nos enseñaban a disponer adecuadamente las copas sobre la mesa, las que debían responder al orden en que se iban a consumir los vinos: de izquierda a derecha, la más pequeña para el vino blanco o el dulce; luego la mediana, para el tinto; la más grande, para el agua, soda o gaseosa. La de champán, la alargadita flaca, se colocaba después de la de agua y un poco desplazada hacia el centro de la mesa.
En cuanto al menú, recuerdo que también mamá lo consensuaba con la abuela. En esas fechas habitualmente había una entrada ligera como para ir tranquilizando el estómago; un primer plato, por lo general en base a pescado o pollo; y un segundo plato, el principal, más fuerte con carne de vaca y abundantes guarniciones. Del postre se encargaba mamá. Ella era la especialista pues había cursado su secundario en una escuela de oficios donde le enseñaban, casi a nivel científico, todas las tareas domésticas; incluidas en ellas, la atención de los hijos (Puericultura).
Pero, volviendo a mi abuela, quiero detenerme en uno de esos primeros platos que servía con tanto amor, porque allí, en ese condimento tan especial, el amor, radicaba el secreto de todos sus sabores. ¿Cuál era el plato? “Coquillas o conchillas o conchas de mar”. Así se llamaba al plato porque la preparación era contenida en el caparazón de una ostra de mar. Tanto mi abuela como mi mamá preparaban el contenido de la siguiente manera: hervían pescado o, en su defecto, pollo con ricas verduras (ajo puerro, cebolla, zanahoria, zapallo, pimiento, etc.) para que le dieran buen sabor. Luego desmenuzaban la carne o la picaban muy finamente. Aparte, en una sartén, saltaban – preferentemente en aceite de oliva – cebolla de verdeo y morrones bien picaditos. Una vez tiernizado todo, agregaban a esto el pollo o el pescado. Salpimentaban y unían con salsa blanca bastante líquida o crema de leche con almidón de maíz. Esta pasta era colocada en estos caparazones, espolvoreada con queso rallado o perejil picado y, finalmente se gratinaban a horno bien caliente antes de servir. Realmente, una delicia.
Cuando falleció mamá nos dejó entre su maravilloso legado de amor - reflejado en gestos, actitudes, palabras, sabiduría de vida, fe infinita en Dios – aquellas recetas de cocina que también heredó de su madre, la abuela Felicidad.
A pocos días de su partida, mientras ordenábamos la casa de mamá, encontramos una caja que contenía cuarenta y dos de estas adoradas coquillas: grandes, medianas y chicas. En ese instante aparecieron también nuestros momentos de infancia: recibíamos las coquillas del tamaño proporcional a la edad que teníamos. ¡Cuántos recuerdos maravillosos revivimos! Inmediatamente, nos las repartimos: veintiuna para cada una. Nos juramos que no habríamos de perder la receta.
La primera Pascua sin mamá nos reunimos a comer la familia de mi hermana y la mía propia. Fuimos doce comensales en total. Para que también mamá y la abuela participaran de esta mesa unimos nuevamente las cuarenta y dos coquillas y las preparamos de pollo, tal como la aprendimos. Para acompañarlas elaboramos además una receta heredada de los bisabuelos españoles: empanada gallega.
Lo cierto es que todos: grandes, medianos y chicos; hijos, primos, maridos, cuñados disfrutamos de una mesa especial, llena de Felicidad, como la abuela, que vino a estas tierras para forjarse un futuro mejor que el que le proponía su Patria.
La alegría de nuestros hijos, la emoción de nuestros corazones memoriosos, el clima de familia, el calor de hogar y los paladares satisfechos de aquel día confirmaron que había valido la pena ese destierro.

Araceli Casagrande, 2012

miércoles, 9 de octubre de 2013

CITAS DE LIBROS 3

El amor, la fe y la verdad

"En esta situación, ¿puede la fe cristiana ofrecer un servicio al bien común indicando el modo justo de entender la verdad? Para responder, es necesario reflexionar sobre el tipo de conocimiento propio de la fe. Puede ayudarnos una expresión de san Pablo, cuando afirma: « Con el corazón se cree » (Rm 10,10). En la Biblia el corazón es el centro del hombre, donde se entrelazan todas sus dimensiones: el cuerpo y el espíritu, la interioridad de la persona y su apertura al mundo y a los otros, el entendimiento, la voluntad, la afectividad. Pues bien, si el corazón es capaz de mantener unidas estas dimensiones es porque en él es donde nos abrimos a la verdad y al amor, y dejamos que nos toquen y nos transformen en lo más hondo. La fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor. Esta interacción de la fe con el amor nos permite comprender el tipo de conocimiento propio de la fe, su fuerza de convicción, su capacidad de iluminar nuestros pasos. La fe conoce por estar vinculada al amor, en cuanto el mismo amor trae una luz. La comprensión de la fe es la que nace cuando recibimos el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad". (26)


"En realidad, el amor no se puede reducir a un sentimiento que va y viene. Tiene que ver ciertamente con nuestra afectividad, pero para abrirla a la persona amada e iniciar un camino, que consiste en salir del aislamiento del propio yo para encaminarse hacia la otra persona, para construir una relación duradera; el amor tiende a la unión con la persona amada. Y así se puede ver en qué sentido el amor tiene necesidad de verdad. Sólo en cuanto está fundado en la verdad, el amor puede perdurar en el tiempo, superar la fugacidad del instante y permanecer firme para dar consistencia a un camino en común. Si el amor no tiene que ver con la verdad, está sujeto al vaivén de los sentimientos y no supera la prueba del tiempo. El amor verdadero, en cambio, unifica todos los elementos de la persona y se convierte en una luz nueva hacia una vida grande y plena. Sin verdad, el amor no puede ofrecer un vínculo sólido, no consigue llevar al « yo » más allá de su aislamiento, ni librarlo de la fugacidad del instante para edificar la vida y dar fruto". (27, frag.)

Extraído de Carta Encíclica Lumen Fidei (Papa Francisco)

viernes, 4 de octubre de 2013

CITAS DE LIBROS 2

La naturaleza de la creatividad
La creatividad es una cualidad originaria del funcionamiento del hombre... La reflexividad sobre sí misma, la capacidad de pensar sobre los propios pensamientos, abre el camino a la inusual capacidad, en el caso de los humanos, de generar nuevos conceptos, hipótesis, apreciaciones de situación, posibilidades de acción, incluyendo la posibilidad de apoyarse en lo que el entorno le brinda, con lo cual incrementa sustancialmente su capacidad de desenvolverse en el mundo. La condición creativa no es un don ni una rara condición, es parte de la naturaleza humana y depende de cómo se desarrolle el sujeto ( de Rendo y Vega).

Extraído de "Juego - Resiliencia - Resiliencia - Juego" 
de Susana Gamboa de Vitelleschi

CITAS DE LIBROS 1

Heridas de la vida
Muchas personas sufren por la falta de amor. Porque ya desde niños han hecho todo lo posible por ser apreciados y amados, pero no recibieron la atención y el cariño que necesitaban. Así les ha quedado el corazón herido y nunca tienen el amor que buscan, siempre se sienten defraudados. Porque en realidad esa herida de amor no se cura con compañía, caricias y atenciones. Eso es como una droga que a la larga no hace más que agrandar su necesidad interior, y la herida se vuelve más profunda.
Esa herida de amor se cura sólo en la soledad, enfrentando lo que uno siente, reconociéndolo con claridad, mirándolo de frente, poniéndole un nombre al propio dolor, y dándose cuenta de que no vale la pena vivir pendiente de esa necesidad, como mendigos y esclavos. Porque si uno no enfrenta esa soledad dolorosa y no acepta morir a esa necesidad enfermiza de amor, sólo utilizará a las personas para satisfacer esa necesidad, y así nunca podrá vivir un amor o una amistad de verdad.
Cuando uno enfrenta hasta el fondo su soledad interior, descubre que allí está el Señor golpeando a la puerta, con toda la fuerza sanadora de su amor divino. Recibiendo ese amor nos sentimos dignos, nos sentimos valorados de verdad, nos sentimos reconocidos gratuitamente, y entonces sí podremos dedicarnos a dar amor a los demás sin esperar que nos devuelvan algo. Sólo así sabremos por fin lo qué es el amor.

Extraído de "Un estímulo todos los días" de Víctor Manuel Fernández (Día 25 de setiembre)